Redefinir los cuidados: hacia un trabajo social que ponga la vida en el centro.

Publicado el 11 de mayo de 2026, 18:00

La pandemia de la Covid-19 no fue solo una crisis sanitaria: también nos mostró qué vidas se consideraron prescindibles y qué modelos de cuidado fallaron estrepitosamente. Residencias colapsadas, miles de personas mayores y con discapacidad que murieron en instituciones cerradas, familias y profesionales agotadas… Todo ello no fue un accidente, sino el resultado de decisiones políticas y de una forma concreta de organizar los cuidados.

A partir de este “desastre lento”, como lo llaman algunas autoras, diversas investigaciones han propuesto cinco claves para repensar el trabajo social con personas en situación de dependencia y diversidad funcional. Son ideas que nos ayudan a pasar del modelo institucional, centrado en la enfermedad, a un modelo social y relacional que ponga la dignidad, la autonomía y las relaciones en el centro.

1. ¿Dónde se cuida? Del modelo institucional al hogar con apoyos

Durante la pandemia vimos que muchos centros residenciales se convirtieron en auténticas “instituciones totales”: lugares cerrados, con habitaciones pequeñas, largos pasillos y rutinas rígidas pensadas para la eficiencia, no para la vida cotidiana. En estos espacios apenas hay intimidad, cuesta mantener vínculos con el barrio y resulta muy difícil garantizar tanto la protección frente al virus como el bienestar emocional.

Frente a este modelo, se están impulsando alternativas como las Unidades de Convivencia o las “viviendas con cuidados”, inspiradas en experiencias como el modelo danés plejebolig. En estos recursos, grupos reducidos de personas viven en entornos domésticos, sin uniformes, con decisiones compartidas sobre horarios, comidas o decoración, convirtiendo el espacio en un verdadero hogar y no en un “aparcamiento de vidas”.

2. ¿A quién se cuida? De la dependencia a la interdependencia

Tradicionalmente, se ha hablado de “personas dependientes” como si fueran individuos pasivos a los que hay que proteger, mientras el resto seríamos personas totalmente autónomas. Los estudios críticos de la vejez y de la discapacidad muestran que esta mirada es edadista y capacitista: valora más unos cuerpos y mentes que otros y justifica la institucionalización de determinados colectivos.

La ética del cuidado propone algo muy diferente: todas las personas, en distintos momentos de la vida, necesitamos apoyo y somos vulnerables. La palabra clave no es dependencia, sino interdependencia: vivimos conectadas y sostenidas por redes de personas, objetos, espacios y tecnologías que hacen posible nuestra autonomía. Reconocer esto cambia la pregunta del “qué le pasa a esta persona” al “qué le pasa al entorno que no permite su participación”.

3. ¿Cómo se cuida? Apoyos para decidir sobre la propia vida

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce el derecho a decidir dónde y cómo vivir, con qué apoyos y con quién. Sin embargo, en la práctica, muchas decisiones siguen tomándose desde despachos y protocolos, sin incorporar realmente la voz de quienes reciben los cuidados.

En servicios de apoyo a la vida independiente trabajan con Planes de Atención Personal y reuniones donde participan personas usuarias, familias y profesionales para tomar decisiones compartidas. Esto no es solo “escuchar opiniones”; implica aceptar que la autonomía se construye en relación, diseñar apoyos comprensibles, accesibles y flexibles, y revisar nuestras propias ideas sobre quién “puede” decidir y quién no.

4. ¿Qué cuida? La tecnología como aliada (y también como riesgo)

Durante los meses de confinamiento, las tecnologías de la información y la comunicación se convirtieron en una ventana al mundo para muchas personas institucionalizadas: videollamadas, tablets y móviles ayudaron a mantener el contacto con familias y amistades cuando las visitas estaban prohibidas. En hospitales y residencias, estas herramientas permitieron reducir la soledad, acompañar duelos y sostener vínculos que de otro modo se habrían roto.

Pero la tecnología no es una solución mágica. La brecha digital, la falta de accesibilidad y el riesgo de que las TIC se usen como excusa para recortar personal son problemas muy reales, especialmente entre personas mayores y con discapacidad. Por eso, más que sustituir cuidados, la tecnología debe funcionar como un apoyo que amplía la autonomía, facilita la comunicación y refuerza la relación, sin borrar la importancia del contacto humano.

5. ¿Quién cuida? Una mirada interseccional y feminista

Cuando hablamos de cuidados, una pregunta incómoda aparece enseguida: ¿quién cuida a las cuidadoras? La experiencia de trabajadoras como Sara, auxiliar en una residencia con jornadas largas, salarios bajos y escasa protección, refleja cómo el trabajo de cuidados sigue feminizado, precarizado e invisibilizado.

Los feminismos y la perspectiva interseccional nos recuerdan que la carga de cuidados recae sobre todo en mujeres empobrecidas, migrantes y racializadas, tanto en el ámbito doméstico como en el profesional. Además, el cuidado se ha convertido en un negocio donde a menudo prima la rentabilidad frente a la dignidad de quienes cuidan y de quienes son cuidadas. Repensar los cuidados exige, también, mejorar las condiciones laborales, reconocer el valor social de este trabajo y tejer alianzas entre cuidadoras y personas cuidadas para cuestionar este modelo.

Para qué repensar el trabajo social

Este recorrido por las cinco preguntas –dónde, a quién, cómo, qué y quién cuida– nos lleva a un cambio de foco: la cuestión no es solo “cómo mantener la vida ante el riesgo de muerte”, sino “qué vida merece la pena ser vivida”. No basta con garantizar la supervivencia física si a cambio se sacrifican la intimidad, la participación, los vínculos afectivos y la capacidad de decidir.

El reto para el trabajo social es acompañar la construcción de vidas vivibles, poniendo en el centro los deseos de las personas: cómo quieren vivir, con quién, cómo quieren ser tratadas y cuidadas, y también cómo quieren ser despedidas cuando llegue el final. Repensar los cuidados significa, en última instancia, defender que todas las vidas importan y que todas merecen espacios, apoyos y relaciones que hagan posible una buena vida hasta el final.

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