Ser mujer y mayor: lo que la edad no cuenta

Publicado el 10 de abril de 2026, 16:51

Cuando pensamos en “personas mayores” casi siempre imaginamos lo mismo: jubilación, tiempo libre, achaques de salud. Pero si miramos de cerca descubrimos algo importante: no envejejecen igual los hombres que las mujeres. Y no porque el cuerpo femenino funcione de otra manera, sino porque hemos vivido vidas distintas, con reglas distintas y expectativas distintas.

La investigación de la gerontóloga Mónica Ramos, que inspira la infografía que acompaña este artículo, lo deja claro: los papeles de género que las mujeres asumieron durante décadas (cuidadoras, amas de casa, esposas “disponibles”) marcan de forma muy profunda cómo llegan a la vejez. Esas normas no desaparecen cuando cumplimos años; se acumulan.


El doble rasero de la edad

La edad no es solo una cifra. Tiene una parte biológica, sí, pero también una parte social y cultural. A los hombres mayores se les permite “lucir canas” y presumir de experiencia; a las mujeres mayores se nos invita a disimularlas.

Se suma así una doble discriminación: por ser mayores y por ser mujeres. Ser “mujer y vieja” sigue estando peor visto que ser “hombre y mayor”, y eso se traduce en menos reconocimiento, menos presencia en el espacio público y, muchas veces, más soledad.


Vulnerabilidades muy concretas

Te muestro varias desventajas estructurales que se repiten en las biografías de muchas mujeres mayores:

  • Trayectorias laborales precarias. Muchas trabajaron en casa sin cotizar o enlazaron empleos mal pagados, lo que hoy se traduce en pensiones más bajas y mayor riesgo de pobreza.

  • Más años de vida, pero con más problemas de salud y discapacidad. Vivimos más tiempo que ellos, pero con más enfermedades crónicas y con menos recursos para afrontarlas.

  • Escasa presencia en las políticas públicas. Las administraciones siguen sin aplicar de forma real una mirada de género al envejecimiento, lo que hace que nuestras necesidades específicas queden invisibles.

A esto se suma un fenómeno muy conocido en muchas familias: lo que algunas autoras llaman “el síndrome de la abuela esclava”. Tras una vida cuidando, muchas mujeres mayores siguen sosteniendo la conciliación de hijos e hijas: cuidan nietos, pareja, madres, suegros… Esa red de cuidados, esencial para el bienestar de las familias y de la economía, rara vez se reconoce como aporte social.


Más que vulnerables: mujeres que sostienen la vida

Sin embargo, quedarse solo en la “vulnerabilidad” sería injusto. Tenemos también la otra cara: la capacidad de las mujeres mayores para sostener y transformar su entorno.

  • Su disponibilidad para cuidar permite que muchas familias concilien trabajo y vida personal, algo clave en nuestras sociedades envejecidas.

  • Su habilidad para crear y mantener redes de apoyo (amistades, vecindario, asociaciones) actúa como un auténtico salvavidas frente a las pérdidas, las enfermedades o la soledad.

  • Cada vez más, muchas mujeres redefinen su proyecto vital participando en asociaciones, talleres, actividades culturales y espacios comunitarios, reclamando un lugar propio en la esfera pública.

En esas experiencias hay mucho empoderamiento silencioso: mujeres que, después de años centradas en las necesidades ajenas, se permiten aprender, opinar, viajar, organizar actividades o liderar proyectos en sus barrios.


Mirar la vejez con gafas violeta

¿Qué nos enseña todo esto, aunque no seamos profesionales del Trabajo Social?

  1. Que la vejez no es neutra: ser mujer o ser hombre cambia la manera en que llegamos a esa etapa.

  2. Que las mujeres mayores cargan con desventajas acumuladas (pensiones bajas, salud más frágil, sobrecarga de cuidados), pero también con una enorme experiencia y capacidad de sostener la vida cotidiana.

  3. Que necesitamos políticas, servicios y miradas que reconozcan a las mujeres mayores no solo como “colectivo vulnerable”, sino como ciudadanas activas con derechos, deseos y proyectos propios.

Cuando vemos a una mujer mayor, no estamos ante “una abuela” genérica. Estamos ante una biografía entera: trabajos visibles e invisibles, renuncias, aprendizajes, duelos, amistades, creatividad. Su lugar no puede ser solo la trastienda familiar.


Para seguir pensando

Te invito a mirar la infografía que acompaña este post como un pequeño mapa: en un lado, los obstáculos que todavía arrastran muchas mujeres mayores; en el otro, las potencialidades y formas de empoderamiento que ya están en marcha.

Y tú, cuando piensas en las mujeres mayores de tu vida (madres, tías, vecinas, usuarias, compañeras), ¿qué ves primero: la fragilidad o la fuerza que han desarrollado para sostenerlo casi todo?

Imagen generada con IA.

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